sábado, 11 de junio de 2011

Marina y la Marea más grande

A Marina le gustaba mirar la orilla de la playa. Le llamaba la atención que el mar subía y bajaba. Un día la playa era grande y otro día más pequeña. Imaginaba que el viento jugaba batiendo las islas. De un lado a otro las movía soplando con su inmensa fuerza.

Toda su familia, vivía en un lugar llamado Conchal. Se llamaba así porque durante muchos años las personas que vivieron ahí dejaron las conchas de los ricos mariscos que comían.

Cuando iba a la escuela debía cruzar en bote.Su papá había hecho uno con un tronco gigante de un árbolque le llamaba Coigüe.

Cuando había viento norte quería decir mal tiempo. Entonces su papá los cruzaba, a ella y a sus hermanos.

Pero cuando soplaba el viento sur, quería decir que iba a estar“calmita”. Podrían remar solos todos los hermanos y cruzarsin problemas.

Además de observar el mar a Marina también le gustabacomer lo que crecía en la huerta.Su abuela sembraba habas, arvejas y grosellas.

Su abuelo construía botes. La gente le traía buena madera deun árbol llamado Ciprés. De vez en cuando, hacía pequeñosbotes para que Marina jugara.

Pero de todo lo que hacía Marina había algo que le gustaba más. Marina siempre quería ir con su mamá a mariscar. A vecesiban en la noche. Para iluminar encendían pequeños faroles hechos con botellas.

Una noche cuando Marina ya tenía doce años, su mamá Rosala despertó.“Marina, despierta. Ponte tus botas y abrígate muy bien” –dijo ella y le dejó una vela prendida. Rápidamente, Marina se levantó.

“Hija hoy es una noche muy especial” – le explicó.“¿Por qué?” – preguntó Marina aún media dormida. “Esta noche es de Pilkán. Bajará la marea más que ningún día. Podremos sacar muchos mariscos”– dijo la mamá a la luz dela vela.

Salieron de la casa y así era. Marina nunca había visto la playa de esa forma.Comenzó a ayudar a su mamá y deseó nunca olvidar ese momento.

Cada noche de Pilkán de invierno lo recordaría. Así pasarían los años hasta que llegaría el día en que les contaría esta historia a sus nietos. Les hablaría de su mamá Rosa. De los juegos con los botes de su abuelo. De la huerta de la abuela. Y de su vida como niña Marina.

Por Francisca Luna Marticorena

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